Lo divertido de emprender

Creo que no me equivoco si afirmo que la mayor parte de las personas que nos consideramos dentro de este mundillo del emprendimiento leemos libros relacionados con gestión empresarial y emprendedores. Supongo que la razón es un poco mezcla de que estamos tan inmersos en nuestros proyectos que nos gusta comprobar mediante la lectura que también hay otra gente que ha pasado por lo mismo, y en cierto modo que a través de esas obras nos están transmitiendo lo que aprendieron en sus experiencias emprendedoras, tanto buenas como malas, para no repetir los mismos errores o repetirlos lo menos posible. Hace unos días, mientras leía uno de estos libros, me surgió la duda personal de por qué estoy tratando de sacar adelante mis propios negocios y por qué, en definitiva, me estoy dedicando a ser emprendedor en vez de a otra labor.

Dándole vueltas al asunto y reflexionando estuve pensando en personas que conozco que tienen su propio negocio pero que no considero en absoluto emprendedoras. Quizá sean empresarias, pero no emprendedoras. Sin que ello implique ningún tipo de desprecio, lo cierto es que al ponerme frente a frente con ellas no me veo en absoluto similar. Veo a muchas personas que van en busca de un sustento, una forma de conseguir subsistir y capear lo complicado de la situación actual. Esa es su última meta, sobrevivir. Ningún interés más allá, ninguna ambición por lograr algo diferente o superar algún límite. Igual que comienzan a dedicarse a lo que están haciendo podrían haber hecho cualquier otra cosa y daría igual. Y no porque les interese todo, sino precisamente porque no les interesa nada. Todo se reduce al dinero, pese a que en algunos casos conforme pasa el tiempo terminan autoconvenciéndose de que lo que hacen es ‘vocacional’, en un claro ejemplo de reducción de disonancia cognitiva. Y lo llamo autoconvicción porque se discrimina a simple vista a aquella persona que vive lo que hace de la que no. No me siento parecido, ni con el mismo planteamiento, ni con objetivos ni metas remotamente parecidas.

Todo lo contrario me ocurre cuando coincido con personas que considero emprendedoras de verdad: se palpa la diferencia. Transmiten entusiasmo, ilusión, pasión, energía, interés… tanta que la contagian. Y cuando menos te das cuenta te sientes tan identificado con lo que esa persona está viviendo, con los problemas que le surgen y con sus éxitos, que terminas sumergiéndote de lleno en el proyecto que tiene entre manos. Tratas de aportar algo que pueda servir de ayuda como si el buen puerto de la empresa fuera también algo crucial para ti, incluso aunque la temática sea completamente distinta a tus campos de conocimiento. No en vano, las personas que considero emprendedoras suelen estar interesadas por muchas cosas. Gente despierta que está bastante al día de una gama amplia de novedades.

Hablando con algunas personas de las que considero emprendedoras, y leyendo el testimonio de otras, casi todas coinciden en que su visión no se reduce a montar una empresa para ganar dinero. Lógicamente el dinero se tiene en cuenta, dado que es herramienta indispensable, pero es precisamente herramienta y no fin en la mayoría de los casos. Se mira más allá, hacia el horizonte, donde están los retos, donde están las superaciones, donde está el convertir algo que no existe en una realidad, donde se ubica la realización personal que supone el sacar cosas adelante, el crear. Pero que esto no confunda, la mayoría de las personas que considero emprendedoras no viven en un futuro irrealizable, siempre a la espera de conseguir cosas para estar satisfechas. Se consumirían en la ansiedad de ser así. No se trata de eso, sino de disfrutar del camino que se dirige hacia ese horizonte, como ilustra el famoso poema Utopía de Eduardo Galeano:

Ella estaba en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.

Camino dos pasos y
el horizonte se corre
diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para que sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.

¿Acaso compensaría el enorme esfuerzo que supone trabajar 12 horas al día, 7 días a la semana, sólo por dinero? No lo creo. Sin embargo todo cobra sentido cuando tienes entre manos tus proyectos, tus ideas, y contemplas cómo algunas de ellas se hacen realidad poco a poco. Toda la inversión de tiempo, recursos y sacrificio cambia de valor cuando lo aceptas en tu día a día y te acostumbras, cuando te das cuenta de que te diviertes emprendiendo. Lo que para otros sería un infierno por no poder ‘salir a las dos’ y cobrar un salario elevado, para ti es el instrumento apasionante y divertido que transforma lo que está en tu cabeza en cosas reales.

Y precisamente creo que aquí está la clave de por qué llevo ya un mes… un año… varios años… trabajando en proyectos emprendedores. Porque emprender no se trata de ganar dinero ni hacerse rico. Se trata de pelearse con la administración y la burocracia, de intentar motivar a un equipo, de sufrir cuando los números no cuadran, de celebrar cuando un cliente potencial dice sí, de sudar al exponer tus propuestas ante otros y de gastarte en tarjetas de visita y folletos el dinero que tus amigos se gastan en copas. Y todo ello divirtiéndote en el día a día. Riendo cuando las cosas salen bien, y también cuando salen mal. Disfrutando con el reto que supone comenzar con una microempresa en la que eres el gerente, el contable, el recepcionista, el desarrollador web, el diseñador gráfico, el traductor, el comercial, el de las fotocopias y el del café… ¿se te ocurre algún otro empleo en el mundo tan estimulante, variado, divertido y en el que vayas a aprender tanto? A mí desde luego no 😀

Si te ves reflejado/a con alguna de las situaciones o reflexiones no dudes en dejarme un comentario. Siempre alegra ver que hay otros colgados por el mundo 😀

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